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Partería en casa v/s partería normalizada

Julián Avaria-Eyzaguirre

Cada familia, y en esencia cada mujer, tiene el derecho de escoger dónde y cómo parir. Mi primogénito nació hace cuatro años en un hospital público y mi hija -de la misma madre- acaba de nacer en casa. Sin ánimos de imponer ni convencer, quisiera compartir ambas experiencias como padre y esposo en esta mágica hazaña femenina que es dar a luz.

Ante el reciente nacimiento de mi hija en casa, mi madre y suegra aluden una y otra vez a la valentía de mi compañera y no son pocas las amistades que afirman: qué bueno que salió todo bien. Como si en ello estuviese implícito un riesgo, un peligro latente, un desafío extremo. Ante tales comentarios y opiniones se me viene ese proverbio árabe que versa: «Mi abuelo andaba a camello, mi papá también. Yo ando en Mercedes Benz. Mi hijo y mi nieto andan en Land Rover, pero mi bisnieto volverá a andar a camello»…

Si bien el petróleo nada tiene que ver con el parir -al menos directamente-, sí viene a cuento una suerte de extravío generacional y el hecho de aceptar ciegamente lo normado por la sociedad cortoplacista del momento. Hoy, la partería que se entiende como normal es la partería institucional, es decir, es aquella que transcurre en un hospital o clínica. La institución tiene como función velar por la salud de la madre y del bebé. Se tiende a pensar que es la forma más idónea para parir, por ende, debe ser lo mejor para asegurar la vida, tanto del neonato como de la parturienta. La muerte es la gran sombra que nos atemoriza a todos y fue este miedo el que nos hizo decidir recibir a nuestro primer hijo en un hospital, creyendo que así minimizaríamos las posibilidades de que nos visitara la Calva. Incluso después de su nacimiento, yo seguía creyendo que tenerlo en el hospital fue la mejor decisión, porque el parto fue complicado y tal como nos explicara el médico a cargo: fue un caso entre mil. Nuestro hijo venía lateral derecho y nos tuvieron que trasladar en ambulancia hacia otro hospital para una inminente cesárea. Fui de copiloto, incapacitado de saber qué acontecía tras bambalinas mientras escuchaba los alaridos de mi señora. Yo debía mantenerme callado para no distraer al conductor que parecía mudo. No podía saber qué acontecía ni tampoco podía servirle de apoyo a mi mujer. Para mí transcurrieron eones, aun cuando fuese media hora. Por las curvas del viaje, bebé “se acomodó” -usando la misma expresión de los doctos- y mi hijo pudo nacer sin cesárea. Nació con los ojos bien abiertos y sin llorar. Pero en cuanto se lo llevaron a la sala para bañarlo y vestirlo bajo una luz enceguecedora, pegó el grito en el cielo y no cesó de llorar hasta yo entrar en acción. Le tomé la mano izquierda y acaricié su entrecejo. Le expliqué que era la luz lo que molestaba, que así era este mundo, con mucha luz. Se calmó enseguida y fuimos trasladados hasta una sala común. La doctora me había dado permiso para pasar la noche allí, con mi familia. Sin embargo, apenas se fue, la enfermera regente me peleaba cada vez que entraba a la habitación y me decía con majadería que me fuera, que ahí solo podían estar las mujeres. Yo me hacía el sordomudo, hasta que consiguió reventarme la paciencia:

-¡Señora! Yo no me voy a ir. Ella solo me tiene a mí. Acá no está su mamá, ni su hermana ni sus amigas. Solo estoy yo y me voy a quedar, le guste o no le guste. ¡Tengo el permiso de la doctora!

La noche fue larga, eterna y fría. El desayuno, una pena. Le trajeron un tazón de plástico avejentado con mate cocido azucarado, junto a un pan blanco reseco. Mi mujer tuvo la suerte de contar conmigo que traía toda suerte de alimentos y pude apoyar en su nutrición. No así la mujer acostada en la cama de al lado, quien tuvo que rechazar mis ofrendas porque venía saliendo de una cesárea y tenía prohibido comer sólidos. Estaba contrariada porque los médicos querían ligarle las trompas, esas trompas que se dice son de un tal Falopio, cuando en verdad son de la mujer. Era su segundo hijo y como provenía de una villa marginal, lo mejor para ella, desde el punto de vista institucional, era dejarla estéril aun cuando apenas superaba los veinte años.

-Pero yo quiero tener más hijos. Estoy muy joven todavía.

La joven no se dejaría convencer y no correría la misma suerte -mala suerte- que la de muchas otras mamás pobres e infecundas.

En el otro lado del ring, tenemos el parto en casa, vale decir, el parto anormal. Ese parto que está fuera de lo normado, ese parto que tiene la mala fama de ser riesgoso, ese parto cuyos padres muchas veces son tildados de irresponsables. Se cree que es una moda feminista de mujeres anárquicas que están contra el sistema. Se tiende a creer que la mujer rechaza todo tipo de exámenes, ecografías y chequeos, porque así será más natural. Se zarandea lo de parto natural para allá y para acá, como si la más mínima intervención fuese a alterar lo sagrado de aquello que llaman natural.

¿Pero qué se supone que es más natural? ¿Por qué una cesárea escapa de lo natural? ¿Acaso yo soy artificial porque nací por cesárea? ¿Acaso un bebé es de plástico porque nace asistido por oxitocina? ¿No debiera hacerse una ecografía porque conlleva mucha huella de carbono? Para mí, tanto el primer parto como el segundo fueron naturales. Mi hija no es más natural que mi hijo. Ambos son de la Naturaleza y no me cabe duda al respecto.

Es preciso dejar de polarizar la partería en casa. Como mujer que ha optado parir en casa, puedes hacerte todos los chequeos médicos y las ecografías recomendadas por las normas oficiales. Tener un parto en casa nada tiene que ver con anular las herramientas médicas y los oficios que apoyan en la salud de bebé y de la gestante.

Por otra parte, una partera no necesariamente es una mamita del campo analfabeta que poco y nada sabe de la carrera de medicina. Una partera también puede ser doctora, enfermera, obstetra, por mencionar profesionistas afines. No obstante, aquello no excluye la gran cantidad de mujeres que se han capacitado en escuelas de partería y ejercen el oficio de forma encomiable y admirable sin tener un título amparado por una institución universitaria. Por lo tanto, al momento de decidir quién guiará tu parto tienes un amplio abanico de posibilidades donde lo más importante será sentirte a gusto y cómoda con quién hará las veces de partera. Tienes el poder de elección, en cambio en un hospital será casi una imposición. Puede tocarte a la suerte de la olla.

¿Y cómo me sentí yo como padre, como compañero en ambos escenarios?

En el parto hospitalizado me sentí un espectador, ante todo. Sentí que mi acción estaba circunscrita a la observación. Era poco y nada lo que yo podía hacer. Si bien optamos por un hospital que defiende aquello que llaman parto humanizado, la política al momento de apoyar el parto puede resumirse en la siguiente expresión: Hacé lo que sintás. Esa era la premisa. Resguardar sobre todo el no invadir la voluntad de la mujer. Entonces, mi mujer -primeriza en esas lides- mientras se retorcía de dolor debía «saber sentir» qué hacer y yo mirar cómo se partía en mil pedazos. De tanto en vez checaban el latido del bebé para luego retirarse solemnemente sin decir mucho. Tras muchas horas de incertidumbre y dolor, escuché la cantinela de que era un caso entre mil y que nos armáramos de valor para ir al otro hospital que no tenía parto humanizado y que nos preparáramos ante lo peor: la cesárea. Sentí una gran impotencia, rabia, miedo. Sentí que iba a la cueva del lobo. Pero a la postre, el otro hospital también estaba atendido por seres humanos y nos asistieron como Dios manda.

En cambio, durante el parto en casa me sentí partícipe, sentí que mi presencia no estorbaba. La partera y sus dos asistentas no solo guiaron activamente a mi mujer, sino también supieron guiarme a mí, para cumplir mi rol de compañero. No se limitaron a esperar cuál era la voluntad de mi compañera. Por el contrario, le dieron una serie de consejos, recomendaciones y ejercicios para aliviar su dolor, para ayudar a que la bebé traspasara por el cérvix y también fueron enfáticas al momento de decir esto no, ahora no es el momento. Nada hicieron sin explicarnos, tanto a ella como a mí. Cada intervención fue previamente consultada y nada se hizo sin nuestro consentimiento. Además, apoyaron acompañando a nuestro hijo y le permitieron participar activamente en el trabajo de parto. Mi señora, tras el parto, afirma que sintió el apoyo de nosotros dos y siente mucha gratitud al respecto.

Yo también agradezco. Agradezco ambas experiencias. Pero lo que más quiero agradecer es haberme sentido con la libertad de llorar emocionado al escuchar por primera vez a mi hija mientras se esforzaba por ver la luz. Hubiese querido llorar de contento cuando nació mi hijo. Lloré antes, imaginando su nacimiento. He llorado después. Pero al momento, no sentí esa libertad ni esa atmósfera que me permitió llorar a moco suelto cuando afloró mi hija.

Durante el parto en casa nunca sentí miedo. En ningún instante sentí preocupación. En todo momento sentí que estábamos bien. Bien acompañados, bien asistidos, bien resguardados.

Quisiera seguir escribiendo y hablar más acerca de la gestación masculina, pero lo voy a dejar para otra ocasión. Cierro este relato adaptando el proverbio árabe citado con antelación:

«Mi bisabuela parió en casa. Mi abuela parió en el hospital. Mi mamá en una clínica. Y mi hija… ¡Volverá a parir en casa!»

Con amor, Julian Avaria Eyzaguirre