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Tercer piso evolutivo: El sendero del Corazón

sabiduria

Aprendizaje:

Ser ante todo un corazón.

En el artículo anterior analizamos el segundo piso evolutivo, también llamado el sendero de la Autenticidad, cuyo objetivo es aprender a ser Alma a través del proceso de individuación. Con este proceso develamos dónde está nuestra Alma y aprendemos a expresarnos a través de Ella. Asimismo, en la medida en que me reconecto con mi Alma, recupero la Transparencia (el duodécimo valor universal) y es mediante esta Transparencia que llego al décimo tercer valor, vale decir, el Servicio. Con el Servicio, culmino el segundo piso evolutivo. Podríamos resumir este estadio evolutivo con el siguiente lema: Autorrealización y servicio a la humanidad.

Es muy importante y relevante culminar el sendero de la Autenticidad desde sus luces. Así comenzaré el tercer sendero con la Sabiduría.

Existen dos atributos para llegar a la Sabiduría: vocación de servicio y corazón puro. Nada más será necesario para conseguir sabiduría. Ni estudiar, ni viajar, ni pertenecer a una escuela o religión, ni ser un erudito. Únicamente se requiere poseer un espíritu servicial inquebrantable y corazón puro. Todo lo demás entorpecerá vuestro contacto con la Sabiduría como valor universal. En efecto, a la sabiduría no hay que buscarla, no debe ser nuestra meta por conseguir, porque cuando la hallamos, será como cuando el minero encuentra un yacimiento de oro. La fiebre lo enceguecerá. Así, cuando os encontréis ante las gemas de la sabiduría, os encandilaréis y caeréis irremisiblemente en su sombra: la Arrogancia.

Si verdaderamente queréis hallar la Sabiduría, debéis conducir vuestros esfuerzos en afianzar vuestro servicio. Es a través del Servicio que llegaréis a la Sabiduría. No hay otro camino. De lo contrario, entraréis al sendero del Corazón mediante la Arrogancia cuyo desenlace os llevará invariablemente hacia el Odio, la más densa y oscura de todas las sombras.

Si no habéis traspasado el proceso de individuación donde develamos aquel ser indiviso que reside en nosotros, estaremos presas de nuestras múltiples personalidades interpretados por una variopinta gama de personajes y en lugar de contactar con el Servicio, contactaremos con su sombra, la Esclavitud. Así como el Servicio me enlaza con la Sabiduría; la Esclavitud me enlaza con la Arrogancia. Soy esclavo de los reconocimientos, soy esclava de una institución, soy esclavo de un tercero, soy esclava de una ideología… Sobre todo, serás esclavo de tu conocimiento. Un arrogante cree que lo que sabe le pertenece. Se arroga la propiedad de un determinado conocimiento. Se cree especialista en un área específica del conocimiento. Cree que lo que enseña es suyo, porque escribió un libro, porque inventó una metodología, porque creó un sistema de enseñanza, porque erigió una escuela. El sabio en tanto, jamás se creerá dueño del conocimiento. Sabe que nada sabe. No tiene inconvenientes en reconocer que nada sabe, en responder: no sé. ¿El arrogante podrá contestar “no sé” ante una respuesta desafiante? Nunca. Prefiere mentir antes de reconocer su falta de conocimiento. Por otra parte, el arrogante tendrá serias dificultades para conectar con el silencio. Tendrá una necesidad imperiosa por intervenir mediante sus comentarios, por opinar, por compartir su punto de vista. En cambio, el sabio entiende que no es necesario hablar mientras nadie le pregunte su opinión. Si le preguntan, responderá a través del sentir y no desde el pensar. El arrogante usa las siguientes expresiones: Yo pienso, yo creo, yo creo saber. El sabio: yo siento. El arrogante está en la cabeza, en el tener la razón. El sabio está en el corazón y su intención es co-razonar. Cuando dos personas intentan tener la razón, jamás llegarán a puerto. Desde sus puntos de vistas, desde sus razonamientos hilados de forma lógica, desde sus argumentos esgrimidos lúcidamente, no podrán comprender al otro. Hablarán de sus formas de pensar y de sus creencias. Pero no le darán espacio al sentir. Baste que uno de ellos descienda la energía de su cabeza al corazón, para que la discusión sufra un vuelco. Baste que uno diga: estoy sintiendo esto en mí, para que el otro también se abra a desnudar sus sentimientos. A partir de este momento, ambos comienzan a co-razonar y son capaces de entender que el otro punto de vista no los invalida, sino más bien los nutre.

El arrogante, en su afán por defender aquello que cree saber, caerá indefectiblemente en el Instinto, la décimo quinta sombra. Defenderá instintivamente lo que cree que es suyo. Aquello con el tiempo se tornará en una experiencia angustiante. Más temprano que tarde, contactarán con la Angustia, vale decir, la décimo sexta sombra. Si persiste aquella angostura de miras, si persiste el terco afán por defender la propiedad de dicho conocimiento, sufriréis. Caeréis en la sombra del Sufrimiento. Cuando persista el Sufrimiento, sentiréis Ira. Os dará rabia aquel sufrimiento acumulado. Del Sufrimiento pasaréis a la Ira y cuando ésta se acumule, llegaréis al Odio, la décimo novena sombra.

Por ello es de suma relevancia comenzar este tercer piso evolutivo desde el Servicio. De lo contrario, tendréis serias posibilidades de acabar el sendero en el Odio. En efecto, únicamente avanzo por este camino cuando me mantengo fiel a mi corazón. El sabio es alguien que siempre está allí, en el corazón. Es un especialista en escuchar su corazón y el corazón del otro. Esta escucha del corazón se conoce como Intuición, la luz del Instinto. El Instinto es un gatillo provocado por un afán defensivo que proviene del exterior. La Intuición es un sentimiento gatillado desde mi interior. No en vano, a la Intuición también se le llama corazonada, porque únicamente proviene del corazón. Si practico Intuición con regularidad, estaré acercándome al vacío. Cuando este vacío sea total, cuando ya cortamos el velo de toda identificación, de todo sentimiento de yo hice, yo hago, yo soy; estaremos entrando a la Plenitud, el décimo sexto valor universal.

Cuando he llegado a la Plenitud, miro mi vida en retrospectiva y agradezco todo lo acontecido. Lo lindo y lo feo. Lo bueno y lo malo. Las ganancias y las pérdidas, porque cada una de las cosas que me acontecieron, me permiten vivir aquella plenitud, comprendo que cada uno de aquellos ingredientes son fundamentales para experimentar dicha Plenitud. Por ello, entro en contacto con el siguiente valor: la Gratitud. Lo agradezco todo. Cuando estoy incapacitado de agradecer, sufro. El Sufrimiento no es sino la incapacidad de dar las gracias. El verdadero trabajo de la Gratitud es dar las gracias por aquello que no me gusta. Si lo consigues, sabrás lo que es el éxtasis, entrarás en contacto con la Bienaventuranza, el décimo octavo valor universal. Y desde la Bienaventuranza, el advenimiento del Amor es irreversible. Por ello, el mayor atajo en nuestro camino siempre será la Gratitud. Si somos capaces de agradecer la totalidad de nuestro presente, la Bienaventuranza y el Amor llegarán por añadidura.

El Oráculo de la Flor de la Vida y la Flor de las Sombras (Parte 4). Artículo de Julián Avaria-Eyzaguirre, publicado en Revista Ananda, Abril 2018. (Insertar LINK: https://www.yumpu.com/xx/document/read/60072716/ananda-abril-2018)

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